Acerina y Tanausú

 

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 Escrito por Jorge Padula, periodista, escritor y autor argentino

 

 

 

Se escuchó su voz,

dicen algunos.

-¡Vacaguaré!-, grito el mencey,

prefiriendo morir a ser cautivo.

Y se negó a comer

para llegar más pronto

a su destino.

 

Sería el último rey

de aquella isla, de Aceró,

en La Palma canaria sacudida

por la fuerza imperial

de aquellas huestes

de la Castilla dominante

y expansiva.

 

Y la mujer cuyo amor

le había ganado

a un pedazo de cielo, Mayantigo,

con el mismo grito,

desafiando suerte,

eligió también la muerte

por camino.

 

Y echose a la tumba

estando viva,

arropada con pieles, Acerina,

la de los ojos negros,

la de palmera sangre,

que encuevada hacia la muerte

honró la vida.

 

Y murió Tanausú,

murió Acerina

feneció la libertad en esos días

pero aquel “vacaguaré”

-¡quiero morir!- , la muerte digna,

impregnó el alma toda

de la isla…

 

Él murió de honor,

maldiciendo a la traición

por su ignominia.

Ella ofrendó al amor

el tributo pleno de la vida;

y trocaron en leyenda del dolor,

la virtud y la injusticia.